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Fifteenth Sunday in Ordinary Time

The parable of the Good Samaritan is so familiar to us that we often see only one of its dimensions. The dimension we tend to focus on is its presentation of a model for us to imitate.

Jesus finishes the parable by saying “Go and do likewise.” In that sense, it is a crystal clear explanation of the great commandment, “love your neighbor as yourself.”

If we strive to follow it, we will without a doubt live a worthy, meaningful, and fruitful life.

But this parable also has another dimension. The Good Samaritan is, above all, a self-portrait of Jesus and what Jesus has done for us – for the human family as a whole, and for each of us individually.

We were like the man left on the side of road to die. Each of us has been robbed of our original holiness by original sin.

Our selfishness and sins, and the sins of others, have deeply wounded our souls. We lay on the side of life’s path in need of a Savior. We have been bruised and broken and wounded by life in a fallen world.

In his incarnation, Jesus comes to us like the Good Samaritan. He is the merciful Lord who heals and restores us with the oil and wine of his sacraments. He pays for our salvation with his own sacrifice on the cross at Calvary.

He entrusts the boundless riches of his grace to his own innkeeper, the Church, who in turn watches over our return to health, our growth into Christian maturity, until Jesus will come again.

This week, encouraged by the example Christ gives us in this parable, and nourished with his very own supernatural strength through the Most Holy Eucharist that we will receive, may our imitation of Christ be ever more faithful. Amen.

La parábola del buen samaritano nos es tan familiar que a menudo solo vemos una de sus dimensiones. La dimensión en la que tendemos a centrarnos es su presentación de un modelo para imitar.

Jesús termina la parábola diciendo “Ve y haz lo mismo”. En ese sentido, es una explicación clara del gran mandamiento: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Si nos esforzamos por seguirlo, viviremos sin duda una vida digna, significativa y fructífera.

Pero esta parábola también tiene otra dimensión. El buen samaritano es, ante todo, un autorretrato de Jesús y lo que Jesús ha hecho por nosotros, para la familia humana en su conjunto y para cada uno de nosotros individualmente.

Éramos como el hombre dejado al lado del camino para morir. Cada uno de nosotros ha sido robado de nuestra santidad original por el pecado original.

Nuestro egoísmo y pecados, y los pecados de otros, han herido profundamente nuestras almas. Estamos en el lado del camino de la vida que necesita un Salvador. Hemos sido heridos, rotos por la vida en un mundo caído.

En su encarnación, Jesús viene a nosotros como el buen samaritano. Él es el Señor misericordioso que nos sana y restaura con el aceite y el vino de sus sacramentos. Él paga por nuestra salvación con su propio sacrificio en la cruz en el Calvario.

Él confía las riquezas ilimitadas de su gracia a su guía, la Iglesia, que a su vez vela por nuestro regreso a la salud, nuestro crecimiento hacia la madurez cristiana, hasta que Jesús vuelva otra vez.

Esta semana, alentada por el ejemplo que Cristo nos da en esta parábola, y alimentada con su fuerza propia sobrenatural a través de la Santísima Eucaristía que recibiremos, que nuestra imitación de Cristo sea cada vez más fiel. Amén.

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