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Nineteenth Sunday in Ordinary Time





This weekend, we enter together into the third week of Jesus’ five-week course on the mystery of his body and blood in the Eucharist, which Jesus taught for the first time in the Synagogue of Capernaum and renews for us live every third Summer. Two weeks ago we had the miracle of the multiplication of the loaves and fish, which was a foreshadowing of the multiplication of the meal of the Last Supper throughout every land and time in order to feed the spiritually famished human race. Last week, Jesus, who as God, could read their minds, was calling the crowd’s attention to the fact that all they were concerned about were their material needs. He continued to tell them, “Do not work for the food that perishes, but for the food that endures for eternal life, which the Son of Man will give you.” This food is the Blessed Eucharist. Jesus gives us this food that doesn’t perish each day in the celebration of the Mass.

So this week, let us focus on how we labor for this food of eternal life which the Son of man gives us, this true heavenly manna, which if eaten, will lead us to heaven. To do that, we need to return to the manna.

In the Book of Exodus story about the manna from heaven, I’ve always been struck by the fact that God in his wisdom made the Israelites go to get the manna every morning except the Sabbath (so that they wouldn’t have to work). Even on the Sabbath, however, they would eat the second daily portion of manna that they had gotten the day before. God said he made them do this every day in order to “test them,” to see whether or not they would follow his instruction and be faithful (Exod 16:4).

Throughout their entire time in the desert until they entered the promised land, they received this heavenly gift. In a similar way, Jesus taught us to pray in the Our Father, not, “give us today all the bread we’re going to need this week” or “give us now all we’ll ever need,” but “give us this day our daily bread,” because he wanted us to recognize that every day God wants to grant that prayer. The early saints of the Church commented at length about the Greek word we translate as “daily” — epi-ousios — which literally means “super-substantial.”




They said it referred less to the material bread that we need to consume for physical survival, but to the bread that goes beyond our substance — the Blessed Eucharist — that we need for our souls. The early saints said that Jesus was teaching them to pray that the Father would give them every day the Eucharist. In other words, when Jesus said that he was the “real manna,” the “true bread come down from heaven,” he was intending to be our daily portion of food throughout our lifetime in the desert of life, until, God-willing, we enter into the eternal promised land of heaven. In response to the request of the Jews, “Sir, give us this bread always,” Jesus has, by giving us his body and blood and making it available not just on Sunday, but every day, in the places where there is a priest who is faithful to the daily celebration of the Mass.

May God Bless You,

Father Michael

Este fin de semana, entramos juntos en la tercera semana del curso de cinco semanas de Jesús sobre el misterio de su cuerpo y sangre en la Eucaristía, que Jesús enseñó por primera vez en la sinagoga de Cafernaún y se renueva para nosotros en vivo cada tercer verano. Hace dos semanas tuvimos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que fue en presagio de la multiplicación de la comida de la Última Cena a través de cada tierra y tiempo para alimentar a la raza humana hambrienta espiritualmente. La semana pasada, Jesús, quién como Dios, podía leer sus mentes, estaba llamando la atención a la multitud del hecho de que todo lo que les preocupada eran sus necesidades materiales. Continuó diciéndoles: “No trabajen por la comida que perece, sino por la comida que dura para la vida eterna, la cuál será dada por el Hijo del Hombre.” Este alimento es la Santísima Eucaristía. Jesús nos dá esta comida que no perece todos los días en la celebración de la Misa.

Así que esta semana, centrémonos en cómo trabajamos por este alimento de vida eterna que el Hijo del hombre nos dá, este verdadero maná celestial, que si se come, nos llevará al cielo. Para hacer eso, necesitamos regresar al maná.

En la historia del Libro del Éxodo sobre el maná del cielo, siempre me ha impresionado el hecho de que Dios en su sabiduría hizo que los israelitas fueran a buscar el maná todas las mañanas, excepto el sábado (para que no tuvieran que trabajar). Incluso en el día de descanso, sin embargo, comían la segunda porción diaria de maná que habían obtenido el día anterior. Dios dijo que los hizo hacer esto todos los días para “probarlos,” para ver si seguían o no, sus instrucciones y eran fieles (Éxodo 16:4).

Durante todo su tiempo en el desierto hasta que entraron en la tierra prometida, recibieron este regalo celestial. De manera similar, Jesús nos enseñó a orar en el Padre Nuestro, no, “danos hoy todo el pan que vamos a necesitar esta semana” o “danos ahora todo lo que necesitemos,” sino “danos este día nuestro pan de cada día, ” porque él quería que reconociéramos que todos los días Dios quiere conceder esa oración. Los primeros santos de la Iglesia comentaron extensamente acerca de la palabra griega que traducimos como “diaria” — epi-ousios — que literalmente significa “super sustancial.” Dijeron que se refería menos al pan material que necesitamos consumir para la supervivencia física, pero si al pan que va más allá de nuestra sustancia, la Santísima Eucaristía, que necesitamos para nuestras almas. Los primeros santos dijeron que Jesús les estaba enseñando a orar para que el Padre les diera la Eucaristía todos los días. En otras palabras, cuando Jesús dijo que él era el “maná real,” el “pan verdadero que descendió del cielo,” tenía la intensión de ser nuestra porción diaria de alimentos durante toda nuestra vida en el desierto de la vida, hasta que deseándolo Dios, entremos en la tierra eterna y prometida del cielo. En respuesta a la petición de los judíos, “Señor, dános este pan siempre,” Jesús nos ha dado su cuerpo y sangre y lo ha puesto a disposición no sólo los domingos, sino todos los días, en los lugares dónde hay un sacerdote, quién es fiel a la celebración diaria de la Misa.

Que Dios los bendiga,

Padre Miguel

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