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Solemnity of the Epiphany of the Lord

There is one thing that every human heart is absolutely starving for: someone to trust. Someone who not only will promise to never let you down, never judge you, never abandon you, but someone with enough goodness and enough power to keep that promise.

Every one of us needs someone we can lean on no matter what, someone we can go to no matter what, someone who will be glad to see us no matter what – someone who is utterly, totally, unhesitatingly, faithful. That someone is God.

The coming of the Three Wise Men to adore the baby Jesus is one of the Bible’s most beautiful proofs of God’s faithfulness.

More than 500 years before Christ’s birth, God had promised, through his prophet Isaiah, that he was going to lead all the nations to Jerusalem to share in the light of salvation. He even promised that they would bring gold and incense. And through a different prophet, the Psalmist, he made the same promise in different words “the kings of Tarshish and the coasts will pay him tribute; the kings of Sheba and Seba shall bring him gifts”.

In spite of 500 years of wars and migrations and historical turbulence that re-wrote the map of the civilized world three different times, God does what He said He would do: in the Three Wise Men the nations enter into the light of salvation, bringing gifts.

This shows us that God is good. This shows us that God is all-powerful. And this is our God. All of God’s goodness and power are ours, because we belong to Christ. God is not faithful in the abstract; God is faithful to you and me. We are always starving for someone like that – and here he is.

So, God is reminding us today that we can count on him, and that we need tofollow him just as the Three Wise Men followed the star. And if we do, we, like the Wise Men, will “be overjoyed,” filled with true Christian joy.

Christian joy is like the deep parts of the ocean: when storms toss and turn the ocean’s surface, raising waves as tall as a three-story house, you don’t have to go more than a few hundred feet down below to find perfect calm. The ocean reaches depths of more than 36,000 feet, but only the top hundred feet or so is affected by even the most violent storms.

God’s faithfulness is as constant and dependable as those deep parts of the ocean. The heart that dwells in those depths can stay joyful even in the middle of life’s hurricanes.

About a year before he died, St. John Paul II was already in visibly declining health. He couldn’t move himself around, he couldn’t speak clearly – he was an icon of pain and suffering. Everyone knew he wouldn’t be with us much longer.

An American bishop visited him about this time, for the official five- year updates that every bishop gives to the Pope. At the end of their one-on-one meeting, the bishop, with a sad look in his eyes, said to the Pope: “Holy Father, it saddens me to think that this is probably the last time I will see you.” John Paul II looked at him and said with a smile, “O really, your excellency? I didn’t know you were having health troubles.”

This is the kind of joy God wants to give us; a deep, strong, meaningful joy that can put our sufferings in their proper perspective. Because God is faithful, we know that whatever happens, he will continue to guide our lives to their fulfillment, even during those times when we lose sight of the star, just as he guided the Three Wise Men.

Hay una cosa por la que todo corazón humano está absolutamente hambriento: en alguien en quién confiar. Alguien que no sólo te prometa que nunca te fallará, nunca te juzgará, nunca te abandonará, sino a alguien con suficiente bondad y poder para cumplir esa promesa.

Cada uno de nosotros necesita a alguien en quién podamos apoyarnos, alguien a quien podamos recurrir, alguien que se alegre de vernos : alguien que sea absoluta y totalmente, fiel, sin dudar. Ese alguien es Dios.

La venida de los Reyes Magos para adorar al niño Jesús es una de las pruebas más hermosas de la fidelidad de Dios en la Biblia.

Más de 500 años antes del nacimiento de Cristo, Dios había prometido, a través de su profeta Isaías, que iba a llevar a todas las naciones a Jerusalén para compartir la luz de la salvación. Incluso prometió que traerían oro e incienso. Y a través de un profeta diferente, el salmista, hizo la misma promesa con diferentes palabras: “los reyes de Tarsis y las costas le rendirán tributo; los reyes de Sheba y Seba le traerán regalos”.

A pesar de los 500 años de guerras, migraciones y turbulencias históricas que reescribieron el mapa del mundo civilizado tres veces diferentes, Dios hace lo que dijo que haría: en los Tres Reyes Magos las naciones entran a la luz de la salvación, trayendo regalos.

Esto nos muestra que Dios es bueno. Esto nos muestra que Dios es todopoderoso. Y éste es nuestro Dios. Toda la bondad y el poder de Dios son nuestros, porque pertenecemos a Cristo. Dios no es fiel en lo abstracto; Dios es fiel a ti y a mí mismo. Siempre nos morimos de hambre por alguien así, y aquí está.

Entonces, Dios nos está recordando hoy que podemos contar con él, y que debemos seguirlo tal como los Tres Reyes Magos siguieron a la estrella. Y si lo hacemos, nosotros, como los Reyes Magos, estaremos “llenos de alegría”, llenos de verdadera alegría cristiana.

La alegría cristiana es como las partes profundas del océano: cuando las tormentas sacuden y giran la superficie del océano, levantando olas tan altas como una casa de tres pisos, no tienes que ir más allá de unos cientos de pies para encontrar la calma perfecta . El océano alcanza profundidades de más de 36,000 pies, pero sólo los más altos centenares de pies son afectados incluso por las tormentas más violentas.

La fidelidad de Dios es tan constante y confiable como las partes profundas del océano. El corazón que habita en esas profundidades puede mantenerse alegre incluso en medio de los huracanes de la vida.

Aproximadamente un año antes de su muerte, San Juan Pablo II ya no estaba con buena salud. No podía moverse, no podía hablar con claridad, era un ícono de dolor y sufrimiento. Todos sabían que no estaría entre nosotros mucho más tiempo.

Un obispo estadounidense lo visitó por aquel tiempo, para las actualizaciones oficiales de cinco años que cada obispo hace del Papa. Al final de su reunión uno a uno, el obispo, con una mirada triste en sus ojos, le dijo al Papa: “Santo Padre, me entristece pensar que ésta es probablemente la última vez que lo veré”. Juan Pablo II lo miró y le dijo con una sonrisa: “¿De verdad, su excelencia? No sabía que tenía problemas de salud”.

Este es el tipo de alegría que Dios quiere darnos; una alegría profunda, fuerte y significativa que puede poner nuestros sufrimientos en su perspectiva apropiada. Debido a que Dios es fiel, sabemos que pase lo que pase, él seguirá guiando nuestras vidas hacia su cumplimiento, incluso en aquellos momentos en que perdemos de vista la estrella, que guió a los Reyes Magos.

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